• Viento

    Recuerdo una noche en el tejado del cortijo de Jesús. Casi todo el mundo estaba ya dormido, alineado detrás de la torre que forma la habitación más alta de la casa para protegerse del ruidoso viento que nos había pillado desprevenidos. Creo recordar que alguien decidió que no podía dormir así y se bajó a una de las habitaciones, para dormir en un colchón de verdad. Los demás seguimos pensando que tenía su punto dormir al raso. A pesar del viento, los que normalmente vivimos en la ciudad no estábamos acostumbrados a ese cielo, a tantas estrellas. Supongo que la juventud o las películas de la tele nos hacían idealizar ese tipo de marcos, como si eso trasladara a un nivel distinto nuestra amistad o hiciera más memorable aquel momento.

    En cualquier caso, Jesús y yo éramos los únicos que seguíamos despiertos, sentados en un alero de pizarra, terminando las botellas que nos quedaban. No recuerdo bien de donde venía la conversación ni que hora sería, pero recuerdo a la perfección cómo Jesús dio una calada a su cigarro mientras hablaba y tomó una pausa para exhalar el humo. Los dos mirábamos al frente y yo escuché cómo retomaba su discurso mientras observaba el humo disolverse en el aire.

    • Sinceramente, yo creo que la inmensa mayoría de las mujeres escribís o habéis escrito en algún momento de vuestra vida. Aunque sea un diario. Pero en muchos casos algo más. La diferencia radica en que os cuesta más compartir esas palabras con alguien. Sin ese pudor, creo que sacaríamos alguna escritora más… La verdad es que mataría por leer alguno de esos diarios que se pierden en cajas de mudanza, o en trasteros o simplemente en la basura. Tiene que haber fragmentos espectaculares pudriéndose sin que nadie los lea.
    • Lo que te pasa es que eres una maruja – contesté.

    Supongo que nunca le dio mayor importancia a estas palabras, o quizá las pronunció con toda la intención del mundo, a sabiendas de que yo era una de esas que escondían diarios y cuadernos. A lo mejor la conversación que estábamos teniendo versaba sobre el machismo en la literatura y simplemente estaba tratando de limpiar su pseudoculpa como hombre pasándonos el muerto a las mujeres. No lo sé. Sin embargo, desde aquel momento hasta hoy me planteé mil veces la posibilidad de publicar algo o hacer cualquier cosa para que otros ojos le dieran un vistazo a mis escritos.

    El caso es que después de casi seis años nunca me había lanzado. Pero creo que ahora, ante unos ojos amigos como los vuestros, resulta menos violento dar el paso.

    Yo no llegué aquí por ningún tipo de decisión trascendental, ni por mi voluntad de cambiar las cosas o de escapar de la situación. Como todo en la vida, esta mudanza se presentó en mi camino y me arrastró consigo. Una oferta de empleo sumado a la falta de empleo cerca de casa y di a parar con mis huesos en Torino. Que nadie me malentienda, sabéis que no puedo coger el “no nos vamos, nos echan” por bandera. Vivía con mis padres y con ellos habría seguido viviendo, estudiando más, un Máster seguramente. Hasta que todo esto se arreglase.

    Pero ya lo he dicho antes, a mí por lo general las oportunidades se me llevan por delante, no las busco, o al menos eso se ha empeñado la gente en decirme siempre. Lo reconozco, o al menos he aprendido a reconocerlo. No puedo caer en el victimismo viendo los marrones que se comen otros. Sin embargo, con el paso del tiempo, empieza a pesarme esta vitola de afortunada que se me pone con frecuencia. No puedo quejarme de donde estoy ni de como estoy. Ni de mi trabajo ni de las condiciones en las que vivo.Pero todo este cúmulo de casualidades, todo este enjambre de cosas que suceden y que me llevan de un sitio a otro, de una persona a otra, de un novio a otro o de la pareja a la soltería, me hacen darle muchas vueltas a una misma idea: casi nunca he decidido nada en mi vida. Simplemente, me dejo llevar.

    Y sí, soy consciente de que aunque mis decisiones hubieran sido más meditadas, en mayor medida el fruto del análisis de mis deseos, no estaría ni más cerca ni más lejos de mi destino. Desgraciadamente, esta sensación de ser un mero espectador me hace pensar que el punto en el que me encuentro o al que llegue no me pertenecen. El destino al que me acerco o del que me alejo no es el mío.