• Origen

    Aeropuerto de Copenhague, 22 de Diciembre de 2013

    La cola de facturación me resultaba extraña, como si me hubiera equivocado no ya de lugar sino de tiempo. Decenas de estereotipos escandinavos, todos más altos que yo (también estereotípico andaluz versión de bolsillo) empujaban carritos cargados de equipaje con lo que claramente se podía distinguir como esquíes, palos de golf y tablas de surf. Algunos de ellos incluso se habían adelantado a su aterrizaje y vestían llevaban bermudas. Un bigardo de pelo plateado excesivamente atrevido se había calzado ya las chanclas.

    Este paisaje de vacaciones estivales me tenía despistado, contagiándome de una extraña sensación, como si yo también me dispusiera a tomar el sol en pocas horas o a hacer unos slaloms muy guapos y molando mucho montaña abajo. Sin embargo, desde el momento de mi aterrizaje lo que me esperaba era algo mucho más mundano.

    la foto

    El clima de ensoñación, como de resaca de año nuevo, hacía que mi comportamiento fuera incluso más robótico de lo que ya es en general en un aeropuerto: hacer cola, dejar maleta, have a nice flight, hacer cola, “taler du dansk?”, “any liquids?”, “no computer in your bag?”, “take your shoes off”, cacheo… Sin embargo, aunque mi mirada fuera blanquecina, como los ojos de un animal que parecen no ver nada de lo que les rodea, mi mente funcionaba a toda velocidad. Y todo esto por culpa de una canción.

    Hacía ya meses que escuchaba los discos de “Els amics de les arts” en mi mp3 y a pesar de todo no fue hasta aquel día que una de sus canciones activó los engranajes de mi cerebro. Nada profundo, nada de canciones con una pesada carga poética o filosófica ni libros de Javier Marías haciéndome tomar conciencia de la naturaleza del ser humano o de mis insoportables debilidades. Sin embargo, una frase, unas pocas palabras y mi cabeza se lanzó al análisis de su significado como si en ellas residiera la verdad o el devenir de mis días: tornar sempre és la millor part de l’aventura.

    Volver siempre es la mejor parte de la aventura.

    En primera instancia, me negué a aceptar semejante afirmación. ¿Cómo podía ser el regreso la mejor parte del viaje? ¿Qué sentido tenía entonces la partida? En tal caso solamente podíamos estar hablando de un viaje ajeno a nuestra voluntad, una obligación que queremos finalizar lo antes posible para poder volver a…¿Para volver a dónde, o a qué, o a quién? Al fin y al cabo, ¿qué es volver? Lo que mi familia se empeña en llamar volver a casa, este viaje navideño a la zona donde pasé mi infancia y adolescencia… ¿Es acaso volver? ¿Puede llamarse esto volver cuando la mayor parte de la gente que dio sentido a la palabra casa, cuando esta se encontraba allí, ya no están? ¿Cómo puedo pensar que vuelvo a ninguna parte si el tiempo me ha convertido en extranjero? ¿Dónde es volver y cuándo deja de serlo? ¿Y si nunca podemos volver a un lugar cuando lo abandonamos igual que no podemos volver a un amor cuando lo agotamos? ¿Y si el lugar al que volver se mueve con nosotros o con otros? ¿O si el lugar al que volver no es un lugar sino una persona?

    Muchas preguntas sin respuesta, como es norma en los monólogos sinceros y una única luz entre las dudas. Quizá sea cierto. Quizá volver sea la mejor parte de la aventura, pero eso no implica que sepamos cuándo estamos volviendo o a dónde tenemos que hacerlo. Quizá sea una de esas cosas de las que solamente somos conscientes cuando hace mucho que pasaron o cuando ya es tarde para que pasen.

    Regresar quizá sea la mejor parte del viaje, sin embargo prácticamente nadie sabe qué o quién es Ítaca. Y yo necesitaba saberlo.