• No roots

    Desde mi más tierna adolescencia, cuando empecé a sentir ciertas inquietudes y, en especial, a preocuparme por el cine y la literatura, desarrollé un corrosivo sentido crítico hacia la repetición o, más bien, a lo que consideraba repetición. Cualquier autor que tuviera un tema recurrente, un leitmotiv persistente que hiciera acto de presencia de forma constante a lo largo de su obra, acababa por poblar mi espalda de sarpullidos y mi boca de improperios. Afortunadamente, con el paso del tiempo he sabido diferenciar entre el autor que engaña a su audiencia maquillando el mismo maniquí, cada vez con distintas tonalidades, de aquel que simplemente se siente acosado por una necesidad inefable de explicar con palabras su angustia o sus temores. O quizá simplemente he querido verlo así, al experimentar en mí mismo la imposibilidad de escapar a ciertos fantasmas, a ciertos dolores.

    De un modo u otro, he llegado a conocer ciertos aspectos de mi personalidad que bien preferiría ignorar y que, en algunos casos, me han llevado no tanto a arrepentirme, pero sí a pedir disculpas con efecto retroactivo a personas que conocí en mi pasado. Y como digo, no es arrepentimiento, sino un simple acto de reconocimiento de lo inevitable, una disculpa que en lugar de decir “perdóname por haber sido un idiota” reza algo así como “he necesitado 28 años para darme cuenta de mi estupidez innata”.

    Uno de estos factores que prueban mi escasa inteligencia es la obsesión por alimentar e incluso cebar mi leitmotiv, el motor de mis tormentos. Como las listas de reproducción de Spotify que nos sugieren cantautores y similares para las lluviosas tardes de otoño, tengo tendencia a leer, escribir, escuchar y alimentarme de la falta de raíces, de la ausencia de un lugar al que regresar o el desconocimiento de qué o quién es o dónde está ese lugar.

    Envidio a la gente que dice “yo de aquí no quiero marcharme, esta es mi casa”, y a los que dicen “algún día me gustaría volver a mi tierra”, pero es una envidia extraña, la envidia de un ideal que no sé muy bien que significa, como una película que me ha emocionado y que aun así sé que no he llegado a entender al completo.

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    Hace pocos meses regresé a mi ciudad, o a la que se supone reúne más papeletas para serlo. Desde entonces, con frecuencia, mientras paseo por sus calles siento que la percibo desde los peores sentimientos del turista y del nativo. Lo nuevo me incomoda y lo repetido me produce hartazgo. Paseo o más bien camino en dirección a algún sitio, sin la intención de perderme, casi temeroso de hacerlo y, sin embargo, la inevitabilidad de los atajos me lleva a sitios en los que viven ecos, imágenes holográficas de alguien que fui y al que puedo ver en la distancia. Veo a aquella persona que fui y que al mirar mis manos a veces reconozco, aquellos besos en portales y aquellas lágrimas contenidas en una mueca, acelerando el paso camino a casa. Veo gestos de supuesto romanticismo, dudas existenciales de plastilina y la esporádica lluvia del sur cayendo sobre la enredadera. Veo a esa persona que vivió los años más felices de mi vida, y me doy cuenta de que tratando de volver sigo huyendo.

    Quizás me esté engañando, como quien dice en voz alta desear algo, hijos, una familia, sin ser capaz de ver que su felicidad está en el plan que no comparte el resto, en la soledad o la simple independencia. O puede que todo sea mucho más simple, algo tan sencillo como que el uso del verbo volver no está al alcance de todos.