• La partida

    Ya sabéis que no soy ningún experto en certezas, me siento más cómodo en el ámbito de la conjetura. Supongo que me reconforta el holgado margen de volatilidad de mi miope-astígmata-creatocónica mirada –también sabéis que mi visión está hecha un Cristo-. Comienzo así porque no alcanzo a observar de una manera suficientemente nítida el origen de este devenir en el que puse mis pasos cuando decidí mudar el lugar de residencia de todo lo que me concierne a Liverpool. Supongo –de nuevo- que debería situarme en el 7 de febrero de 2013 y así lo haré aunque, como ya os comento, mi convicción sobre este punto de partida está lejos de ser un conocimiento seguro y claro.

    Un siete de Febrero como cualquier otro siete de Febrero. No recuerdo si fue martes o jueves –podría mirarlo pero, en realidad, ¿qué más da?-. Unos apuntes de aquel momento me dicen que la temperatura era agradable y gozábamos de abundantes rayos de sol; uno de esos días de febrero que va anunciando tiempos más cálidos. Tendré que creerme, pues. La (in)quietud propia del(a) countdown, ese jugueteo espacio-temporal: baile de segundos y acontecimientos que buscan asiento, preparados para el momento en que algo estallará con un silencio rígido. Maletas, utensilios, quémetoquésacos, cuántopesaéstos, mepasos, nollegos, hayquesalir, esperoabajo, brrrrrrrrrrrrrrr, mejorparaporaquí, besosabrazoslágrimas -¿lágrimas?-, buenosdeseos, echarésdemenos, escríbenos, hastaprontos, ciaos, besos y baibais.

    Ya solo en el ya antiguamente llamado Aeropuerto Madrid-Barajas fumé medio cigarrillo en la puerta de entrada. Ese pitillo que pretende demostrar que he hecho las cosas bien, que voy con tiempo de sobra pero que, fruto de no sé qué demonio antihumos, siempre desecho a la mitad para adentrarme en el laberinto de los controles de seguridad, facturaciones y demás requisitos necesarios -¡tantos!- para coger un avión. A estas alturas, ese natural proceder ha mutado en el rito del mediopitillo. Podría liarlo más fino, pero seguiría desperdiciando la mitad invariablemente. Supongo que los cigarros duran más en la entrada de los aeropuertos.

    Avancé por la terminal arrugado, incómodo, como una camiseta desajustada debajo de un jersey puesto con demasiada premura. Vestía un abrigo, premisa básica para respetar las restricciones del equipaje, aunque en total desacuerdo con las condiciones climatológicas del emplazamiento geográfico en el que me encontraba. “A ver si me deshago de una puñetera vez de la maleta y como algo… Ya me toca… ¡20 kilos justos! y ni una felicitación o mirada de complicidad por parte de esa señorita que debía haber sido guapa y agradable… Ya no sorprende nada, qué falta de empatía. Ahora toca quitar cinturón, cartera, iPod, móvil, llaves –¿para qué las llevo?-, auriculares, billetero, ¿las zapatillas también? “-¿Señor, esta maleta es suya?” “-Sí, y eso de la pantalla es jamón serrano radiografiado”. “-Adelante”. Ahora toca poner cinturón, cartera, iPod, móvil, llaves -¿las dejo? -, auriculares, billetero, ¿zapatillas…? No, no hacía falta. ¿Y ahora..? ¡Ah, sí! comer algo.”

    Liberado de cargas, pero aún con la sensación de estar soportando el peso del globo terráqueo sobre mi espalda, me encaminé a cumplir con ese imperativo de la supervivencia que nos llama a alimentarnos pese a no sentir ninguna necesidad de hacerlo. Todavía sigo preguntándome cómo pagué lo que pagué –no recuerdo la cantidad, pero era excesiva- por un sándwich y una botella de agua que debía haber sido bendecida por el mismísimo Papa de Roma –Ratzinger, por aquel entonces-. No hubo ni un látigo de duda. Además, de una manera tan voluntaria como falta de reflexión y equivocada, rechacé el ofrecimiento de la camarera de calentarme el bocadillo. Me arrepentí de ello desde el primer contacto de mis dedos con la fría superficie del pan, pero no desperdicié ni un bocado. Olvidé la botella de agua encima de la mesa.

    Aunque mi realidad física aún perteneciese a Barajas, daba la impresión de haber partido ya. Ideas, pensamientos, imágenes, ensoñaciones, voces, ruidos, impresiones, colores, escalofríos y calor se divertían correteando sin descanso por el carnaval de mi anatomía sin ofrecerme la oportunidad de gestionar(me/los) lo más mínimo. Autómata, con la inseguridad de lo ajeno, obedeciendo a un extraño que –bien sabía- había de ser yo, huésped de mí mismo, accedí a la cabina del avión con un “quécoñoestáshaciendo” inquiriendo apresuradamente –¿a quién?- en las fugaces ocasiones en las que mi mente le daba vía libre.

    ¿Qué debía haber hecho si no? ¿Acaso contaba con mejores opciones? Quizá lo frenético me hizo olvidar que Ítaca no siempre es nítida y reconocible, que puede haber muchas Ítacas –las nacientes, las mudables-… que Ítaca puede aparecer a lo largo del propio camino. El camino a Ítaca, claro.

    Dos horas y media después llegué a mi destino. El vuelo transcurrió con vulgar tranquilidad.