• La ignorancia

    Hace exactamente siete años terminé de escribir una novela. Mi primera novela.

    Suena un poco extraño decir esto delante de desconocidos, ya que nunca la publiqué. El hecho de que nadie pueda leerla hace que parezca menos cierta, la justificación de un año de mi vida del que pocos saben más que algunos detalles, unos escasos comentarios superficiales al hacer el resumen de mi vida adulta. Sin embargo, no es algo de lo que me jacte, una información que haga salir a la luz con demasiada frecuencia. Seguramente sea a causa de una modestia innecesaria, ya que no representa un éxito desmesurado por mi parte, pero en cualquier caso nunca hablo demasiado de ello.

    Hasta donde recuerdo, siempre he sentido la necesidad de escribir. Siempre he viajado con cuadernos en los que anotaba cada pensamiento que cruzaba mi mente, cada idea que creía poder convertir en una historia, una especie de diario sin fechas que sin hablar de mí relata mi vida mejor que cualquier discurso que pueda hacer. Sin embargo, escribir esa novela cambió en gran medida mi relación con estos cuadernos. Escribir una novela era algo distinto. Por más que discutí con quienes me acompañaron durante aquel año mi perspectiva de que cuando escribimos lo hacemos para nosotros mismos y no para los lectores, acabé por darme cuenta de que no era cierto. Mis cuadernos eran para mí, algo íntimo que nunca he compartido, que he guardado con un celo adolescente y que mi caos y mi desorden harán desaparecer en una mudanza o en un descuido. En cambio, al terminar de escribir la novela sentí la necesidad de compartirla, de hacer que otros me examinaran y comprobar si era capaz de producir algún tipo de reacción con mi trabajo y mis palabras. Supongo que en mi fuero interno, tenía la ambición de conmover, de hacer temblar algo en el interior de quien me leyera, aunque solo fuera por un instante.

    Esta novela descansó en un cajón durante más de un año una vez finalizada, y al volver a leerla me di cuenta de sus muchos agujeros y carencias. Seguramente mi escasa brillantez como escritor o mi pobre ética de trabajo (algo que al fin y al cabo no hace más que redundar en mi falta de oficio) hacían de mi libro algo pobre que de haber escrito otro habría atacado sin piedad. Una especie de plano vómito post-adolescente que no merecía un tiempo de reposo y ciertas correcciones, sino una demolición implacable para poder empezar de nuevo.

    No obstante, hubo algo que me impidió llevar a cabo este paso en aquel momento. ¿Cómo podía yo, un chaval de 21 años mucho menos brillante que otros de su generación, pretender desde esa juventud y sobre todo, desde la inexperiencia del que apenas ha vivido, escribir una novela, o al menos el tipo de novela que siempre he querido escribir, cuya intención primera no es contar una historia sino diseccionar fragmentos de vida y experiencia? En pocas palabras, ¿cómo podía hablar de la vida sin apenas haber vivido?

    Por este motivo, desde aquel momento abandoné la idea de escribir nada que pudieran leer otros. Ninguna palabra de las que podía escribir mejoraba el silencio, así que tenía que esperar, viajar y experimentar para encontrar aquello que quería decir.

    Durante mucho tiempo sentí que este plan cobraba sentido. Los años, los cambios de residencia, las muertes, los amigos, los enamoramientos, todo ponía su granito de arena hacia la construcción de una vivencia que poder analizar y de la que sacar algo en claro bajo el microscopio hasta dar con la idea clave, con el mensaje que a pesar de desconocer pretendo compartir.

    Sin embargo, desde mi llegada a Copenhague, este proceso se ha visto estancado. Esta ciudad o simplemente las casualidades que me han obligado a pasar por diversas situaciones me han llevado a un estado de hibernación al que no sé cómo llegué y del que no sé bien cómo salir. Algo extraño succiona mi capacidad de sorpresa y aumenta la sensación de soledad y desasosiego, pero esta vez con un matiz determinante: este sentimiento es invulnerable al busturí, impermeable a cualquier tipo de análisis.

    Estos años parecen haber pasado como un huracán de pulcritud que nada deja tras de sí, ni siquiera ruinas o destrozos. Solamente una superficie llana y sin aristas, con una luz tenue que no deja lugar a los contrastes, que lo iguala todo tornando la monocromía en un mapa indescifrable. El sentimiento del extranjero que vive en una lengua ajena que le impide entender al completo el significado de todo lo que le rodeo ha superado la última frontera y se ha instalado dentro de mí mismo.

    Después de tanto tiempo tratando de aprender tengo la sensación de haberme perdido en el camino, de haber olvidado un idioma que no entiende de banderas, un idioma que solo yo entiendo y sin el cual no puedo entender nada. Y tantos meses sin entender me hacen dudar si debería seguir buscando la manera de escapar de este vacío, o si en cambio, debería ser menos ambicioso y conformarme con hablar de mi incapacidad para escapar de la ignorancia.